Los beneficios de la arcilla (II): la arcilla blanca

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arcilla blanca

Si te pareció interesante el post sobre la arcilla verde, entonces no pierdas de vista las propiedades que nos ofrece otra variedad de arcilla, la blanca.

También conocida con el nombre de caolín, fue descubierta en una región de China que lleva el mismo nombre. Entre sus infinidad de propiedades curativas destaca su alto poder desintoxicante, antibacteriano y cicatrizante además de ayudar a regular el pH intestinal. Es por ello que se suele tomar en ocasiones disuelta en agua en casos de úlceras o de transtornos intestinales. Debe ser límpia sin impurezas y a ser posible ya preparada en herbolarios.

Pero vamos a centrarnos más en lo que nos interesa, su aplicación en la belleza. Su efecto desintoxicante y antibacteriano también sirve para nuestra piel, convirtiéndose en una aliada perfecta para eliminar impurezas y ayudarnos en la regeneración celular.

A diferencia de la arcilla verde, de efecto más purificante, la arcilla blanca es ideal para pieles secas y mates. Además es muy astringente, aporta luminosidad a la piel y también un efecto tensor, dejando la piel lisa y suave ya que elimina las toxinas y absorbe las células muertas de nuestra piel.

Gracias a su pH ácido tiene propiedades vasoconstrictoras lo que la hace ideal para utilizar en piernas cansadas.

Para realizar una mascarilla con arcilla blanca debemos seguir los mismos pasos que con la arcilla verde. Lo primero de todo es conseguir arcilla blanca en polvo en un herbolario, mezclar con un poco de agua desmineralizada y sin cloro, asi que no vale la del grifo, y con una brocha pasarnos la pasta por la cara y dejar reposar de 15 a 20 minutos.

Recuerda, la arcilla no debe entrar en contacto con ningún elemento de metal, si no perdería sus propiedades.

Para retirarla utilizamos una esponja y agua tíbia y vamos quitando los restos de arcilla que nos vaya quedando.

En Arrebatadora | Los beneficios de la arcilla (I): la arcilla verde
En Arrebatadora | Los beneficios de la arcilla (y III): la arcilla roja

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